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Saltar muros

Hay veces, en los que sientes que tu vida está vacía. Vacía, no en el sentido de estar sólo, sin compañía, sino porque interiormente no hay nada positivo en tu vida.

Cierto es, que las cosas materiales (entre ellas las personas) nos hacen tener ese sentimiento de vacío, o bien, por la ausencia de alguien, o bien porque no te aporten nada.

Pero realmente te vuelves vulnerable cuando ves que constantemente estás haciendo o te ocurren cosas por las que no avanzas. Intentas atravesar muros. Primero te topas con un muro fino, te paras a mirarlo, lo rodeas y coges carrerilla. Lo has atravesado con facilidad. Después sigues encontrándote más y más muros y los vas pasando como el anterior, a veces son más altos, a veces más bajos, pero los pasas.

A partir de ese momento ya vas cogiendo confianza y no te paras a observar los muros sino que vas sin parar, uno detrás de otro, porque ya tienes la experiencia de haber conseguido sobrepasar con éxito todos los demás.

Entonces llegas un día, corriendo, como siempre, e intentas saltar el muro que hay delante de ti. Coges carrerilla, comienzas a acercarte y ¡zas! Te chocas. Acabas de toparte con un muro de hormigón, querido amigo. Aún así tú no desistes, y sigues corriendo hacia el muro. Otro intento en vano… Así te tiras mucho tiempo, intentando pasar ese muro maldito, día tras día.

Tus fuerzas se van acabando, ves como imposible poder pasarlo. Miras a tu alrededor, buscas caminos alternativos, pero no hay. Esa es la única salida, hay que salir de ahí como sea.

Tras un largo tiempo ahí quieto, contemplando el muro, percibes que tú solo no vas poder. Necesitas que alguien te impulse para poder saltarlo.

En ese momento te das cuenta de que antes de haber dicho nada, ya hay una mano detrás tuya esperando para impulsarte. Esa persona que sabes que aunque nunca esté, en realidad sí está. No hace falta que digas nada, sabe lo que quieres conseguir y por ello está allí, con una sonrisa que hace que te sientas en paz con el mundo. Os miráis, os comprendéis, y empezáis a correr juntos.

Llegas al muro y… estiras las manos, ves que no llegas, estiras todo tu cuerpo al máximo, y entonces esa mano mágica te da el último empujón para que alcances la cumbre. Lo has conseguido, después de tanto tiempo sentado frente a ese muro pensando en cómo saltarlo, al fin estás al otro lado.

Pero ves que al otro lado es todo muy distinto. ¿Dónde está esa mano mágica? ¿Se quedó para siempre al otro lado? No, esa mano puede atravesar todo lo que se le ponga por delante por tal de darte siempre el último empujón. Ahora, te toca seguir otra vez tú solo, es ley de vida. Tu vida la vives tú y solamente tú, aunque la compartas con los demás, pero nuestro camino es siempre en solitario.

Pues bien, ahora, a ese lado del muro te encuentras en un  terreno llano. Al principio avanzas con miedo, no sabes qué puedes encontrarte. De vez en cuando se te cruza alguna piedra, pero rápidamente le das una patada y así te pasas los días. Cada vez vas cogiendo más confianza en ese terreno, pensando en que es seguro. Te atreves incluso a ir con los ojos cerrados, ya no tienes miedo.

Así prosigues, corriendo felizmente, pero de repente…. ¡Pum! Te acabas de caer en un agujero. ¿Pero cómo? ¡¡¡Yo no he visto venir este agujero!!! Claro que no, ibas con los ojos cerrado, tan confiando en que el terreno era seguro que cuando te has querido dar cuenta estabas en un campo de minas casi…

Empiezas a perder la cordura, no sabes por qué ha pasado. Recuerdas…  – ¿Y la mano mágica? – No puede oírte, estás muy hondo para que alguien te escuche.- ¿Qué hago, qué hago? – Solo puedes escalar, tú solo. TÚ SOLO. Es solo cuestión de tiempo…

Afrontar las cosas por las que has fallado es así. Tienes que tener valor para saber que cada paso que das puede ser una caída más. Tampoco es cuestión de andar con miedo, pero ¡¡Abre los ojos que te la pegas!!

Retomando el principio de este post, todos en algún momento nos hemos sentido vacío. Si quieres, puedes intentar buscar esa mano mágica, pero no te hagas dependiente de ella. Hay que aprender a cometer fallos, a ir por caminos difíciles, pero por muy difíciles que sean no intentes salir de ese camino volviendo por dónde has venido, sigue adelante y enfréntate a todo lo que se te presente.

Suena fácil decirlo ¿Verdad? Pues sí, pero en el fondo, aunque nos guste recrearnos solamente en todo lo negativo sabemos que las cosas pueden cambiar.

¿Hay que olvidar los caminos por los que hemos pasado? En mi opinión, no, pero hay que dejarlos ahí bien lejos para no entrar otra vez en ellos. Y si entramos, ya sabemos lo que nos espera de nuevo. Eso es cuestión de que lo decidas tú…

Seguramente mis palabras contradigan muchas de las cosas que en mi vida me han acontecido pero, así somos, así soy, fallando en todo lo que se puede y más. Al fin y al cabo, de todo en esta vida se aprende. Ya sea para bien o para mal.